Arzobispado de México

Carta del Emmo. Sr. Cardenal
Norberto Rivera Carrera

Con motivo del Bicentenario de la terminación de la Catedral Metropolitana de México

A los Señores Obispos Auxiliares, a los Vicarios Generales y Episcopales, a los Señores Párrocos, Administradores Parroquiales, Rectores de Templos, Capellanes, Superiores Religiosos y Sociedades de Vida Apostólica y todos los fieles laicos de la Arquidiócesis de México.

1. “He amado la hermosura de tu casa, y el lugar donde habita tu gloria.” (Sal 26, 8). Con el salmista, los fieles de esta Arquidiócesis de México nos encaminamos al encuentro del amor por la senda de la belleza, porque se ama lo que es bello, porque lo bello es verdadero, es perdurable, golpea y sacude lo más recóndito de nuestra sensibilidad y nos eleva a unirnos a la Hermosura siempre antigua y siempre nueva que es Dios mismo, autor y fuente de todo lo que es bueno, verdadero y bello.

2. Nuestra majestuosa Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos, considerada el complejo arquitectónico religioso virreinal más bello de América, está cumpliendo doscientos años de su terminación; así consta en los archivos catedralicios cuyos documentos asientan en los libros los últimos pagos realizados por el Venerable Cabildo al genial arquitecto valenciano, don Manuel Tolsá, entre junio y diciembre de 1813. Una efeméride histórica que coronó los trabajos de casi tres siglos de enormes esfuerzos espirituales y humanos invertidos en esta gigantesca construcción -testimonio de fe viva, de amor ardiente a Dios y a su Santísima Madre, de esperanza de tantos pastores y fieles que pusieron su talento, ingenio y sensibilidad para llevar a cabo este sueño, cuyo único fin fue dar gloria a Dios y rendir homenaje a la Reina de cielos y tierra–, no podía pasar desapercibida para un servidor, cuya Cátedra se asienta en este hermoso recinto, ni para la Arquidiócesis de México, pues la catedral Metropolitana es la Iglesia Madre de esta comunidad de creyentes que peregrina en la Ciudad de México.

3. La Catedral Metropolitana de México es orgullo no solo de nuestra ciudad sino del país, pues se ha convertido en un icono de identidad nacional. Enmarcada por la monumental Plaza de la Constitución y flanqueada por el Palacio Nacional, es una de las iglesias más grandes y hermosas del mundo, sus medidas son de asombro: 7,000 m2 de construcción; 59 mts. de ancho; 128 mts. de largo por 68 mts. de altura; 5 naves, 14 capillas laterales, el imponente Altar de los Reyes -obra cumbre del estilo churrigueresco realizada por Gerónimo de Balbás-, sus más de dos mil reliquias -la última de ellas de quien fuera nuestro arzobispo y virrey de la Nueva España, el beato Juan de Palafox y Mendoza-, dos órganos monumentales, la fabulosa sacristía revestida de las magníficas pinturas de Juan Correa y Cristóbal de Villalpando, además de su tesoro artístico, varias veces saqueado.

4. La Catedral Metropolitana de México se levanta sobre las ruinas de la imperial ciudad de Tenochtitlan, por encima de los derruidos templos mexicas. El primer documento en el que se habla de la construcción de la Catedral nueva, es una cédula expedida en Valladolid, el 8 de octubre de 1536, siendo obispo fray Juan de Zumárraga –quien establece que la Catedral sea dedicada a la Virgen María en su advocación de la Asunción a los cielos, en la que pide se vea lo que es necesario para construir una gran iglesia–. A esta primera cédula seguirán otras, la de 1544, 1551 y 1552, esta última en el obispado de don Alonso de Montúfar. En el año de 1562 fue trazada la iglesia por el arquitecto Claudio Arciniega y da inicio su cimentación; el alzado es de Juan Miguel de Agüero, quien realiza importantes modificaciones al proyecto primitivo; sin embargo, se da como fecha de inicio de la construcción, el año 1573, en el arzobispado de quien también fuera virrey de la Nueva España, don Pedro Moya de Contreras

La primera dedicación se hizo en febrero1656, pero aún sin estar totalmente concluida la obra, por lo que se hace una segunda consagración -a petición del virrey marqués de Mancera-, el 22 de diciembre de 1667. En 1792 se terminan de levantar las torres, diseñadas por José Damián Ortiz de Castro, y el Cabildo catedralicio contrata, para concluir lo que aún faltaba al arquitecto valenciano don Manuel Tolsá, quien de acuerdo a su diseño e ingenio, modificó la fachada, coronándola con las esculturas de las tres virtudes teologales, la Fe, la Esperanza la y Caridad; construyó la cúpula y su elegante linternilla, y dio otros toques maestros al edificio para convertirlo en el espléndida iglesia que hoy conocemos y cuya terminación celebramos.

5. La Catedral es la iglesia madre y mayor donde el Obispo asienta su cátedra; desde ahí enseña, celebra y gobierna; dentro de este sacro recinto, los cristianos se reúne en torno a su pastor para celebrar la Eucaristía, centro y culmen de la vida cristiana; haciendo realidad la unidad y comunión del «Cuerpo místico de Cristo» (cfr. Rm 12,4-8, Ef 1,22; 4,15-16). Es en la Catedral donde se realiza esta unión del obispo con su pueblo, y lo que acontece en esta Santa Iglesia, corazón de la diócesis, se reproduce con la misma plenitud y con los mismos efectos en la Eucaristía que se celebra –en comunión con el obispo–, en cada una de las parroquias y templos de nuestra Ciudad.

6. En este sentido, nuestra Iglesia madre viene a ser el símbolo del Pueblo de Dios, iglesia viva que peregrina en la Ciudad de México, que profesa su fe y celebra los sacramentos (cfr. Sacrosanctum Concilium, 41). La Catedral, en su espacio interno, hace posible el deber cultual de los bautizados, sea para las oraciones comunitarias del Cabildo, como en la participación de los fieles en la Celebración Eucarística. Es en este recinto sacro donde el Obispo, con sus sacerdotes y fieles, oran, contemplan y celebran. El Culto en verdad y espíritu, que desde esta Catedral rendimos a Dios, no puede quedar –como tantos quisieran– en un acto cerrado, como un acto privado de la conciencia; el culto verdadero, por el contrario, nos debe llevar al compromiso y a la vivencia cotidiana de nuestra fe más allá de los muros sagrados; en este sentido, las puertas de esta Santa Iglesia Catedral son la comunicación de lo divino con lo humano; es una continuidad dela belleza de la fe celebrada en la sagrada liturgia con la vida ordinaria, con sus alegrías y esperanzas, con sus fatigas y tristezas; es un llamado urgente a practicar lo que celebramos reconociendo que somos discípulos del Señor y por lo tanto misioneros, enviados a llevar la alegre noticia de la salvación, de la vida plena que nos ha alcanzado Cristo, llena de verdad, gracia y belleza.

7. La Iglesia no dejará de proclamar la predilección con la que fue creado el hombre. Dios se ha abajado en aquel «hagamos» amoroso para formarnos a «su imagen y semejanza». Y aunque el hombre rompió la amistad con su Creador, Él no lo abandonó al poder de la muerte; llegada la plenitud de los tiempos envió a su Hijo, nacido de la Virgen María, quien obediente y amoroso, se abajó tomando nuestra condición humana para redimirla dando la vida por muchos. Jesús es el Pastor que toma en sí nuestra carne, como a la oveja perdida, para presentarla reconciliada al Padre, reconciliación que lleva a término mediante su pasión, muerte y resurrección. Por eso, la centralidad de la Catedral, como en todas las iglesias, se encuentra en el altar, en cuanto que es el lugar donde se actualiza el sacrificio de la cruz que nos ha redimido, y al mismo tiempo es la piedra de la resurrección, en la que nos ha salvado. Sobre esa mesa sagrada contemplamos la forma más sublime y hermosa del amor que llega hasta el extremo; allí recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo, el alimento que nos garantiza la inmortalidad, allí se ejerce el único y eterno sacerdocio, el de Jesucristo, y vivimos nuestra filiación –ser hijos en el Hijo, gracias al Espíritu–.

8. La Catedral también nos indica que somos una «comunidad peregrina»; ella, como madre de las iglesias, es figura de la Jerusalén terrestre y, a su vez, de la Jerusalén Celestial, pues todos «estamos en marcha hacia el Santuario celeste para la gran Liturgia de la Eternidad». Esta es la esperanza cristiana que nos anima a vivir los valores del Evangelio, mediante la construcción de la justicia y la paz, la promoción del bien común, la tutela y la defensa de la vida, la promoción de la dignidad de la persona humana, porque en definitiva, todo lo que conviene al bienestar y la salvación del hombre es el proyecto divino que vemos, escuchamos y experimentamos en Cristo, rostro humano de Dios, rostro divino del hombre.

9. De esta vivencia de la fe es como va surgiendo la «memoria viva», aquella que es transmitida de padres a hijos, de pueblo a pueblo; una memoria que queda plasmada en el arte cristiano –reflejado espléndidamente en nuestra Catedral– para expresar que lo que comenzó en el pasado, sigue prolongándose hoy por la acción del Espíritu Santo.

En realidad, el patrimonio cultural de la Iglesia no puede ser valorado desde parámetros socio-económicos, sino desde esta «memoria viva» que es el legado de fe de un Pueblo que peregrina a lo largo de la historia y expresa su conciencia cristiana en torno a la Verdad. Por eso, la Catedral, En su arte, posee toda una pedagogía de fe, en la que viene expresada de forma bella y sublime la piedad de los fieles de tantas generaciones. Por ello, más que ser un patrimonio histórico-cultural, es sobre todo un patrimonio catequético-evangelizador, un patrimonio de amor y de fe que alienta nuestra esperanza.

De ello, resulta claro que el patrimonio cultural de la Iglesia no es un tesoro que se colecciona, carente de identidad y cerrado en sí mismo; no es una acumulación frívola de ornamentación vanidosa, o peor aún, una manifestación de poder y gloria mundanos; al contrario, es un «patrimonio vivo» de generaciones de creyentes que han contribuido al embellecimiento del culto divino, es la fe del pueblo, expresada en la sensibilidad artística que ha enriqueciendo a la cultura con la luminosidad del Evangelio y ha hecho presente el esplendor de la verdad, que es Jesucristo mismo.

10. Por eso, al celebrar estos doscientos años de la terminación de nuestra Catedral Metropolitana, agradecemos a Dios por este majestuoso templo, fruto de la fe, el empeño y la caridad de tantos pastores y fieles cristianos que nos legaron en herencia, para todo el pueblo de México, esta hermosa iglesia. Con este motivo he ordenado que el 15 de agosto del presente, solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos, patrona de nuestra Catedral, dé inicio la celebración del Jubileo, con la apertura del la Puerta Santa, la celebración solemne de la Eucaristía, y el himno del Te Deum; con tal motivo, concederé la Indulgencia Plenaria a los fieles que visiten la Santa Iglesia Catedral y cumplan con lo que pide la Iglesia para alcanzarla, esta gracia estará vigente hasta el día 28 de noviembre del presente, cuando daremos fin a la celebración del bicentenario. Así mismo, exhorto a las Vicarías territoriales de nuestra Arquidiócesis a que se unan a este júbilo de agradecimiento, participando de los eventos religiosos y culturales que se han organizado y para que, acompañadas de sus obispos auxiliares, peregrinen a este sagrado recinto y muestren así su comunión con la Cátedra, y manifiesten su amor y devoción a María Santísima, asunta a los cielos, Señora de nuestra Catedral Metropolitana.

11. San Agustín decía: “…demos gracias a Dios, nuestro Señor, de quien proviene todo don y toda dádiva perfecta. Llenos de gozo, alabemos su bondad, pues para construir esta casa de oración ha visitado las almas de sus fieles, ha despertado su afecto, les ha concedido su ayuda, ha inspirado a los reticentes para que quieran, ha ayudado sus buenos intentos para que obren, y de esta forma Dios, que activa en los suyos el querer y la actividad según su beneplácito, Él mismo ha comenzado y ha llevado a perfección todas estas cosas” (Sermón 336, 1. 6).

12. A María Santísima, «la tierra elevada al cielo y el cielo vuelto hacia la tierra», a quien está bajo su patrocinio esta espléndida Catedral Metropolitana de México, encomendamos las actividades conmemorativas por estos doscientos años, para que en la comunión del amor conservemos este legado de la «memoria viva» de la fe de nuestro pueblo, para que sintamos su maternal protección e intercesión, para que como ella, una vez cumplida nuestra vida terrenal, seamos llevados al cielo, para gozar de la dulzura del Señor, contemplando la Jerusalén eterna, allí donde ya no habrá llanto ni dolor, donde al mirar el rostro de Dios seremos para siempre semejantes a Él y cantaremos eternamente sus alabanzas.

+Norberto. Card. Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México